A 40 años de la Guerra de Malvinas. La Argentina “británica”

A 40 años de la Guerra de Malvinas. La Argentina “británica”

El historiador Ricardo de Titto rinde un homenaje con motivo de cumplirse cuarenta años de la Guerra de las Malvinas, un hecho histórico en el cual el inconsciente colectivo argentino vuelve a posar su mirada sobre aquellos días –entre heroicos y trágicos– que conmovieron al país todo. Malvinas. Breve historia de un enclave colonial (Libella, 2022).

Esta es una mirada histórica que, sin renunciar a los derechos nacionales, intenta ubicar el tema desde una perspectiva de 500 años de relación fructífera y de conflictos, de idas y venidas, de ocupaciones y deserciones… desde que Sebastián Gaboto las reconoció y dibujó, allá por 1502, al servicio de la corona de Portugal.

Posiblemente, las incertidumbres que genera un presente muy crítico busquen allí una identidad, una referencia de nación, un sentimiento de pertenencia. Desde una perspectiva histórica es válido entonces hacer una breve recapitulación de sucesos que unen de modo indisoluble y casi sin solución de continuidad a lo que hoy es la Argentina con el imperio británico. Como si se tratara de una “carrera de postas” se podrá observar que la presencia británica en Malvinas es parte de un fenómeno mucho más amplio de íntimas relaciones –podríamos decir, casi “carnales” robándole una idea al canciller Guido Di Tella– entre esta región rioplatense alojada en el Atlántico Sur y aquel imperio que, en el siglo XIX, se identificara como “la reina de los mares”.

Magallanes

 Fue al principio de ese siglo cuando, habiendo triunfado en la batalla naval de Trafalgar sobre los franceses napoleónicos, los ingleses se lanzaron sobre dos puntos estratégicos para el desarrollo de su imperio mercantil. En 1805 conquistan el Cabo de Buena Esperanza –extremo del África que les abre el camino a la India, China y Australia– y se lanzan sin éxito sobre Buenos Aires en los dos años siguientes. Ni vale la pena suponer qué hubiera sucedido si los ingleses hubieran triunfado en sus invasiones: la historia hubiera sido tan diferente que la inmensa mayoría de los posteriores pobladores de la región –y, en particular los inmigrantes de Italia y España–, sencillamente, no hubieran existido. O sea, la “Argentina” no sería la “Argentina” y toda suposición al respecto es un simple juego contrafáctico. Sencillamente, sucedió lo que sucedió: las invasiones abrieron paso a una revolución y ésta a la independencia americana del yugo español que se concreta con la batalla de Ayacucho en diciembre de 1824.

1825: el Pacto de Amistad

El segundo episodio de gran importancia en este especial vínculo es consecuencia de la independencia. Para reconocer a las Provincias Unidas S.M.B. (Su Majestad Británica) impone una serie de condiciones que se fijan por el “Acuerdo de Amistad, Comercio y libre Navegación” que se firma en febrero de 1825. Los términos no dejan lugar a dudas: por ellos, el Reino Unido es caracterizada como “nación más favorecida” tanto en términos, comerciales como de navegación. También sus súbditos tendrán “coronita” como, por ejemplo, ser tratados como ciudadanos con el privilegio de cierta inmunidad hasta el punto de no poder ser convocados a servicio militar, como sí se hace con los franceses o nativos de otros países.

Para entonces, la comunidad anglosajona, a pesar de que su número no superaba los 6000 residentes incluyendo niños y mujeres, era ya muy importante en Buenos Aires: tenía mayoría en el Directorio del Banco de Descuentos (el primero, predecesor del Banco Provincia); la Banca Baring había otorgado un oneroso préstamo que se gastó casi íntegro en la Guerra con el Brasil y se terminará de pagar recién a principios del siglo XX y, además, es pionera en proyectos de introducción del ganado lanar, que entrega materia prima necesaria para sus industrias. En ese marco, y a pesar que desde 1820 las Provincias Unidas habían repoblado las Malvinas y en 1829 designado un gobernador, en 1833 la armada inglesa desembarca y se apodera por la fuerza del archipiélago malvino desalojando a la gran mayoría de los criollos y echando a su ínfima fuerza naval. Es este el tercer hecho de especial relevancia histórica.

Banco Anglo Sud-americano

Con las miras en la Patagonia

Desde el siglo anterior la diplomacia del Foreign Office miraba con interés a la Patagonia, una zona virtualmente inexplorada. A tal punto es así que el ministro Rawson, de ascendencia norteamericana, facilitará las cosas para la instalación de colonias galesas en el sur, promediando el siglo. Nacen así Puerto Madryn, Gaiman y la propia Rawson. Los mismos galeses, reforzados por nuevos contingentes y en buen trato con los tehuelches, se dirigen hacia la cordillera y fundan nuevas colonias. Todo ello sucedió décadas antes de que Julio A. Roca dirigiera su “campaña al desierto” que culmina en 1884. Y la presencia galesa será positiva para la república Argentina ya que sus pobladores se identificaron con nuestro país contra Chile a la hora de determinar algunos límites. Cuarto episodio: la inmensa Patagonia tiene como avanzada a grupos afines a Gran Bretaña que, para entonces, ya es un inmenso imperio en todos los mares del mundo.

No es casual por lo tanto que el propio Roca sea el primer ex presidente que es recibido con todo los honores y lujosos banquetes en Londres. La ubicación de la Argentina como principal productora de materias primas para el mercado inglés la pone en un lugar de privilegio. Primero fue la lana; a ella se agregaron las carnes vacunas refrigeradas y, por fin, los cereales. El pacto de 1825 se reafirma en los hechos y la Argentina confirma su dependencia estrecha a los intereses ingleses. El tennis, el football, el amor por los caballos –las carreras hípicas, el polo–, el rugby, el yachting generan una cultura muy “british” asociando lo inglés con el refinamiento: allí están los clubes como el Alumni –surgido de un colegio inglés– Quilmes Athletic, el Hurlingham Club, River Plate y tantos otros que dejan la huella indeleble de lo inglés, sin olvidar, por supuesto, que lo “francés” abonaba el campo de la literatura, el pensamiento y el arte. También está allí el privilegio que aquella Buenos Aires aristocrática y floreciente tenía de poseer la única sucursal de Harrod´s en el mundo. Las estancias de la Patagonia, entretanto, sobre todo desde Chubut a Tierra del Fuego eran, en su mayoría, propiedad de familias británicas y, en el terreno de los servicios públicos, casi todos tienen inversiones británicas, como los ferrocarriles y otros transportes, los teléfonos y la producción y distribución de energía. Las casas del Sur, las estaciones ferroviarias y los mejores hoteles tienen una inocultable impronta, con su estilo característico, sus techos de chapas a dos aguas, sus salones suntuosos para reuniones especiales para celebrar el riguroso y ceremonial five o’clock tea. La quinta etapa de esta relación tan cercana –casi íntima– tenía un antecedente importante: en la propia época de Rosas –supuestamente animado de un espíritu antiimperialista– los festejos por el cumpleaños de la reina Victoria se realizaban con el mayor de los lujos… y la participación, encabezando los festejos, del propio Restaurador, amigo personal del cónsul Woodbine Parish.

A 40 años de la Guerra de Malvinas. La Argentina “británica”

La joya más preciada de SMB

En 1933 una importante delegación argentina acompaña al vicepresidente “Julito” Roca –hijo del presidente ya nombrado– a una misión en Londres que terminará firmando un acuerdo de tipo semicolonial con un compromiso de abastecimiento de carnes prefijado y un control, por parte de Inglaterra, del nuevo Banco Central argentino, regenteado desde la capital inglesa. Uno de los miembros de la delegación argentina, Guillermo Leguizamón, representante de los ferrocarriles ingleses en el país y que recibió el título de sir de la Corona dirá una frase que quedará en la historia: “la Argentina es un de las joyas más preciadas de Su Majestad Británica” mientras que el vicepresidente Roca se hacía eco de un publicista inglés para destacar que “por interdependencia recíproca la Argentina es, desde el punto de vista económico, parte del Imperio británico”. El pacto Roca-Runciman –encargado de negocios de Inglaterra–, comenzaba por renovar la condición de “nación más favorecida” acordada más de un siglo antes. Por esa misma razón nuestro país mantendrá su neutralidad en ambas guerras mundiales, tanto en 1914 como en 1939, o sea con gobiernos radicales como conservadores: era la forma de poder navegar con bandera libre para abastecer a las tropas inglesas y sus aliados. Dos monumentos grafican esa cercanía: la hermosa “Torre Monumental” –conocida como Torre de los Ingleses o el “Big Ben de Buenos Aires”–, obsequio de la comunidad británica inaugurado en 1916 enfrente mismo de la muy inglesa terminal ferroviaria de Retiro y el monumento a George Canning, uno de los premier más notables de la historia inglesa. El sexto período es esta, el de Argentina como una verdadera semicolonia británica.

En la posguerra, descolonización

Pero al terminar la Segunda Guerra comienza una nueva etapa. Inglaterra abandona posiciones imperiales –se independiza la India, Persia nacionalizó su petróleo, en el mundo árabe, como en Egipto y la República Árabe Unida se refuerza el nacionalismo– y su lugar hegemónico es ocupado por Estados Unidos. El primer peronismo nacionaliza muchos de los sectores estratégicos ocupados antes por Inglaterra, que se repliega sin abandonar su poderosa influencia diplomática. En 1965 la Argentina del presidente Arturo Illia logra que las Naciones Unidas aprueben una resolución, la 2065, invitando a la Argentina e Inglaterra a iniciar negociaciones para la “descolonización” de Malvinas, aceptando así su estatus como “enclave colonial”. El importante logro, sin embargo, será casi ignorado por la parte británica, aunque a principios de los años 70 se dieron algunos nuevos pasos positivos, como la emisión de una especie de pasaporte especial para visitar las Malvinas. Pero de soberanía argentina no se habla y, tampoco, de autodeterminación de los isleños tratados despectivamente como “kelpers”, habitantes de segunda clase. ¿Por qué? Por la misma razón del interés de 1833. Si el canal de Panamá, inaugurado a principios del siglo XX, interrumpiera su tráfico, el único paso interoceánico del mundo está por el Atlántico y el Pacífico Sur, ya sea por el estrecho de Magallanes o doblando el Cabo de Hornos. Además, las “Falklands” están a las puertas mismas del Continente Antártico…

1890 Banquete de la Cámara de Comercio de Londres

Y la guerra del 82…

Una Argentina con gran inestabilidad política –desde 1930 se suceden los golpes de estado e interrupciones constitucionales– está inhabilitada para desplegar una política internacional coherente. Más aún, tratándose de la diplomacia británica, tal vez, la más experimentada del mundo, junto con la del Vaticano.

Y una nueva dictadura, la instalada en 1976, comenzará de a poco a urdir un plan de reivindicación nacionalista que verá la luz, súbitamente, aquella mañana del 2 de abril de 1982. No nos referiremos aquí a la guerra, que será contada en estos tiempos con lujo de detalles y que, además, no es el espíritu de estas páginas. Solo recalcar que aquel desafío al Orden Mundial y la consiguiente derrota militar resintió fuertemente aquel vínculo de subordinación mantenido durante más de un siglo y medio. Las relaciones diplomáticas se han restablecido pero el enclave colonial sigue allí sin perspectivas cercanas de restitución, aunque los pliegos argentinos, geográficos, históricos y jurídicos, son más que inobjetables sobre sus derechos, más allá de que sus habitantes actuales, no sin cierta lógica, resistan esa pertenencia.

A 40 años de una guerra que dejó mucho dolor, un sabor amargo, y más de mil vidas tronchadas considerando los suicidios y los afectados por el estrés postraumático incluyendo familiares de caídos, es posible mirar la “cuestión Malvinas” con una perspectiva histórica que, sin renunciar derechos nacionales, ubique el tema desde una perspectiva de 500 años de relación fructífera y de conflictos, de idas y venidas, de ocupaciones y deserciones… desde que Sebastián Gaboto las reconoció y dibujó, allá por 1502, al servicio de la corona de Portugal.

Por Ricardo de Titto, historiador, autor de Malvinas. Breve historia de un enclave colonial

Especial para Caminos Culturales

Ricardo de Titto es historiador y ensayista. Tienen más de veinte libros de su autoría o coautoría, entre ellos, el último título que mueve a estas reflexiones: Malvinas. Breve historia de un enclave colonial (Libella, 2022)

Para adquirir sus libros, comunicarse con el autor ricardodetitto@gmail.com o, por compras por vía de Mercadolibre en AMBA, Natalia Alterman de la editorial Libella, https://bit.ly/malvinas-libella. Provincia de Buenos Aires e Interior: www.chelenlibros.com

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