“Martina Chapanay”, una heroína sanjuanina de alma noble y personalidad valerosa  

“Martina Chapanay”, una heroína sanjuanina de alma noble y personalidad valerosa  

Biblioteca Virtual Universal
Título: “La Chapanay”
Autor: Pedro Echague
Editorial del Cardo
Año 2003

Primera parte    

En esta obra, Pedro Echagüe relata desde su óptica la controvertida y apasionante vida de Martina Chapanay, a quien llama “Quijote de las travesías cuyanas”. El texto destaca el alma noble y la personalidad valerosa y temperamental de la heroína sanjuanina. De espíritu libre, sano, aventurero y generoso, demostró que es posible cambiar, redimirse, a pesar de las adversidades, los obstáculos, las decisiones y los caminos equivocados que se hayan podido tomar a lo largo de la vida. El autor destaca que la Chapanay no puede ser considerada una ladrona ya que en su juventud, al estar sometida al bandido con el que vivía, no tuvo otra alternativa. Con el tiempo, al librarse de su opresor, modificó su vida e intentó reparar el mal que había causado; a partir de ese momento, nadie le impuso nada y consiguió hacer respetar sus derechos en una sociedad en la que las mujeres prácticamente no los tenían. Protectora del viajero extraviado, cansado o sediento, supo de primera mano lo que es el sacrificio por los demás. Su leyenda y sus proezas fueron transmitidas en forma oral por los pobladores de la región y gracias a ellos su fama se propagó más allá de las fronteras sanjuaninas.

Martina Chapanay nació en 1811 en un sencillo paraje llamado “El Rosario”, ubicado sobre las arenas de una de las Lagunas de Guanacache, a poco más de 34 leguas de la ciudad de San Juan.

Su padre era un indio puro, de la tribu de los Tobas del Chaco. A los seis años, otra tribu lo arrancó de su tierra y lo hizo cautivo. Dos años más tarde, quedó bajo custodia y dominio de un indígena que se dedicaba a la venta de yerbas y semillas que traía desde Bolivia, por lo que recorrió gran parte del territorio argentino. A los 12 años, y gracias a la ayuda de un lagunero llamado Aniceto, consiguió librarse de él: Aniceto conoció sus penas y el hambre que pasaba el pequeño luego de encontrarlo llorando y decidió llevárselo con él hacia las Lagunas de Guanacache. Allí lo bautizó y lo crió como a un hijo. Le enseñó los secretos de la pesca y a poco tiempo Juan se convirtió en un ayudante fundamental; con esto le retribuía la ayuda que el anciano le había ofrecido desde el principio. El tiempo que hizo que llegaran a trabajar como socios y a su muerte, Aniceto le dejó a su protegido abundantes recursos económicos.

Su madre, Teodora, era oriunda de San Juan, una bella joven que luego de quedar huérfana a los diez años fue enviada a vivir con sus tías, quienes la maltrataban y la humillaban. Lo mismo hacía su prima, quien día a día le hacía padecer la ‘hospitalidad’ que le habían dado en aquella casa. Cuenta Echagüe que un día, cuando Teodora contaba ya 18 años, se presentó en la residencia un joven porteño recomendado por un hermano de las tías. Carlos Tarragona era un joven culto y bien parecido y las tías lo consideraron un buen candidato para la prima de Teodora. La joven recibió la orden de servirlo durante su estadía en la casa; fue la manera que encontraron sus tías de rebajarla y evitar que se convirtiera, debido a su belleza y sus buenos modos, en “rival” de su prima. Sin embargo, su nobleza de espíritu y su distinción enamoraron al muchacho, que pronto se dio cuenta de sus padecimientos y le ofreció casamiento. Ella aceptó. Teodora y Carlos se casaron enseguida y se trasladaron a Buenos Aires, donde el esposo debía cobrar una herencia. Luego de dos años, decidieron regresar a San Juan y fue entonces cuando, en la última etapa del viaje —de Mendoza a San Juan—, fueron asaltados por sanguinarios ladrones del camino: Tarragona y un peón que los acompañaba fueron apuñalados y degollados por los atacantes, que no mostraron piedad.

Patricia Ortiz
Ilustración: Gentileza de Cristian Mallea 



Comentarios en Facebook

[fbcomments]

Dejar un comentario