Entrevista a Leonardo Da Vinci, creador de la misteriosa sonrisa de La Gioconda

Entrevista a Leonardo Da Vinci, creador de la misteriosa sonrisa de La Gioconda

El espejo tiene dos caras. Entrevista al  famoso pintor Leonardo Da Vinci.  En el  Castillo de Cloux, muy cerca de Amboise, en el Valle del Loire, me esperaba un hombre sencillo a quien no le interesaban la gloria ni las riquezas y menos, el reconocimiento de sus contemporáneos.

Era una mañana increíblemente soleada.  Su sonrisa cálida y su generosidad en el diálogo hicieron de esta entrevista una enseñanza como las que Leonardo Da Vinci ha realizado a lo largo de su innovadora existencia.

Desde otro  ángulo de la habitación, una sonrisa de mujer, que nacía en la comisura de sus labios, nos observaba detenidamente. Por un momento pensé: «Parece que el pintor hubiera arrojado un espejo sobre ella y la hubiera encerrado allí para siempre».

—¿Pensó alguna vez en convertirse en el arquetipo del hombre integral del Renacimiento italiano?

—He recibido de mis padres una educación buena y heterogénea, lo que me ha permitido desarrollar  sin dificultades mis inquietudes en el campo literario,  sobre todo en la música y en las artes figurativas. A los quince años mi padre me envió a estudiar al taller de Andrea Verrocchio y compartí sus enseñanzas con Sandro Botticelli.

¿De estos dos grandes maestros aprendió las técnicas del sfumatto?

—El estudiar con ellos me permitió ingresar, a los veinte años, a la corporación de San Lucas. Poco a poco fui abandonando la rigidez y la dureza de las líneas en el tratamiento de las figuras y evolucioné hacia un estilo más libre de modelado, más suave, y en el que incluí efectos atmosféricos.  Es en la obra La Anunciación (Ufizi,) para San Bartolomé de Monteoliveto, donde la fusión de la luz y la sombra anuncia el llamado sfumatto leonardesco, que luego se encuentra en mis otras obras.

—¿En qué obra comienza esta innovación estilística?

—En La última Cena mostré a los doce Apóstoles agrupados de tres en tres, en lugar de presentarlos aislados; Cristo estaba sentado en el centro. El fondo era un triple ventanal en el que el paisaje se mostraba esfumado en la distancia.

—¿Cuál ha sido su mayor pasión como artista?

—Fui escritor, cocinero, ingeniero biólogo, artesano y humorista. Pero fundamentalmente me he apasionado por los acertijos y los juegos de palabras, que me han llevado a investigar una dimensión esotérica en la que los opuestos se integran y las paradojas se reconcilian; premisas que he tratado de volcar en mis pinturas.

—¿Qué debe hacer un pintor para trasmitir su obra?

—Un pintor debería introducir en su obra todos los conocimientos científicos que posee. La técnica del esfumado me permite construir otras imágenes, otros contornos de rostros humanos; justamente porque los contornos de las figuras no son bien delineados jamás: es el ojo el que observa; es el que debe completar las formas.

—¿Cómo se reconoce un retrato ocasional de aquellos que están voluntariamente escondidos?

—La pintura es una cossa mentale; los límites de la realidad los pone uno mismo. Las fronteras no están afuera sino dentro de la propia mente.  Todos nuestros conocimientos tienen su origen en nuestras percepciones.

—¿Cuáles son las fuentes de inspiración que le sirven para realizar sus  trabajos de pintura?

—Trabajo activamente sobre mi persona. Mi cuerpo y mi mente son mi primer campo de experimentación.  La forma de percibir la realidad está relacionada con la activación de las capacidades cerebrales. Los seres humanos usamos menos de un diez por ciento del poder mental. ¿Se imagina usted cuánto podría conseguir una persona si se activara en ella parte de ese potencial dormido?

—¿Ese potencial dormido es al que refiere en su libro El Tratado de la Pintura  cuando habla de «ver» de diversas maneras, aún en una mancha o en una piedra, la forma de una cabeza humana, o animales, batallas, escollos o simplemente un bello paisaje?

—Sí. Hablo de equilibrar  los dos hemisferios cerebrales combinando la razón con la intuición, la mirada del niño con la experiencia del adulto. Nuestro mundo está organizado de manera que el hemisferio izquierdo (lineal, analítico, lógico) tiene más actividad que el derecho, que es intuitivo, sensual, creativo. Mi mejor consejo a los pintores iniciados o jóvenes es el de usar las dos manos y practicar la acción opuesta a la que se está acostumbrado.

—¿Es cierto que utiliza la técnica de la escritura especular para ocultar el contenido de sus notas?

—La escritura especular sólo puede leerse con la ayuda de un espejo, y es una técnica personal. Si intentara ocultar mis notas, no prepararía mis cuadernos para que algún día sean publicados.  Mi fiel Menzi es quien me ayuda y a quien pediré que se haga cargo de transmitirlos. ¡Muchos de ellos están escritos en forma personalizada al lector!

—¿De qué manera utilizó la técnica de los efectos ópticos y del claroscuro en su obra Santa Ana?

—Si se observa la zona de las montañas, hay un juego de zonas casi negras y zonas blancas. Al girar la imagen original a 90° en sentido horario, se logra  ver las verdaderas imágenes ocultas, al contrario del «milano» que, en cambio, es visible de inmediato.

—¿Cómo se encuentran esas imágenes de seres humanos, a las que alude, en una roca o en una piedra?

—En esta obra en particular, si se quiere buscar algún rostro en particular, deben observarse  las zonas de distinta tonalidad cromática en forma separada. Se buscará un rostro de color claro, cabellos de color oscuro y un fondo de color homogéneo, o bien un rostro en zona totalmente blanca o sólo negra, sin lograr tener una visión de conjunto.

—¿Cuándo da por terminado un trabajo un artista detallista y minucioso como Leonardo Da Vinci?

—No trabajo para un cliente inmediato. Mi objetivo es el de invitar a quienes así lo deseen a ser cómplices de los enigmas de mis cuadros, para que reflexionen sobre ellos y lleguen a descubrir cosas nuevas con el tiempo.

—¿Le importa que muchas personas se hayan exasperado por su negativa a dar por  terminadas obras como el monumento a Sforza, la Adoración a los Reyes  Magos  o La Batalla de Anghiari?

—Le repito: no trabajo para un cliente inmediato ni determinado.

—Algunas críticas sobre su última obra;  La Gioconda la definen como una obra tridimensional a causa de sus dos planos distintos de observación. ¿Cuáles son los efectos que utilizó en esta pintura?

—He sido un obstinado observador de la naturaleza, pero a esta altura de mi vida,  no soy un mero y fiel servidor de ella. Además de la apariencia visible, he tratado de captar el alma de la persona retratada…es La Mona Lisa uno de mis retratos más queridos.

—¿Cómo ha logrado el efecto tan sorprendente en que su Mona Lisa parece vivir?

—La técnica del  sfumatto me permitió otra vez fundir sombras dejando cierta vaguedad a los contornos. El juego del claroscuro le da la profundidad necesaria al retrato. También en esta obra he aplicado lo que he descubierto a lo largo del tiempo. Me gusta «mirar en mi memoria». Recomiendo practicarlo cuando se está tendido en la cama.

—¿Y adónde ha regresado Ud. para lograr que la profundidad de los paisajes a  ambos lados de la figura y las comisuras de labios y ojos hechizaran  a los pintores manieristas y a la cantidad de visitantes que concurren al Museo del Louvre?

(El cuidadoso analista de las expresiones del rostro y maravilloso intérprete de la dulzura femenina me mira con ojos cómplices y cansados y levanta sus tupidas cejas blancas)

—La visualización de las imágenes interiores toman fuerza en la mente.  Muchas  veces vuelvo con la imaginación a lo que me interesa; es un notable ejercicio. Creo que hay dos formas de trabajar con la imaginación conscientemente dirigida: «recrear internamente las cosas que ya han pasado o imaginar las cosas que  pasarán».

—Si tuviese que trasladarse al pasado con la imaginación, ¿qué trabajo le gustaría  terminar en el presente?

—Me gustaría rehacer el colosal monumento en bronce de Francesco Sforza, padre de Ludovico, que me fuera encargado para ubicarlo en el patio del castillo Sforzesco; los arqueros franceses lo destruyeron y lo usaron como diana.

—¿Y si tuviese que soñar con un futuro?

—Me gustaría que alguien pudiese descifrar el enigma que contiene el retrato de mi amada Mona Lisa.

Patricia Ortiz

Crédito fotográfico: Museo Leonardo Da Vinci -Roma- Italia Caminos Culturales  



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