“Martina Chapanay”, una heroína sanjuanina de alma noble y personalidad valerosa

“Martina Chapanay”, una heroína sanjuanina de alma noble y personalidad valerosa

Biblioteca Virtual Universal
Título: “La Chapanay”
Autor: Pedro Echague
Editorial del Cardo
Año 2003

Segunda parte: 

En esta obra, Pedro Echagüe relata desde su óptica la controvertida y apasionante vida de Martina Chapanay, a quien llama “Quijote de las travesías cuyanas”. El texto destaca el alma noble y la personalidad  valerosa  y temperamental de la heroína sanjuanina. De espíritu libre, sano, aventurero y generoso, demostró que es posible cambiar, redimirse, a pesar de las adversidades, los obstáculos, las decisiones y los caminos equivocados que se hayan podido tomar a lo largo de la vida.

Teodora intentó intervenir y ayudar a su esposo arrojando agua hirviendo, pero a cambio recibió una cuchillada en la cara. Los delincuentes, luego de arrebatarle los 20.000 pesos de la herencia que había cobrado su marido, la colgaron de un árbol y huyeron con el dinero. Así la encontró Juan Chapanay, quien desde ese día cuidó de ella con esmero y dedicación. Teodora, con el tiempo, le retribuyó ese cariño casándose con él. Un año después del casamiento, en 1811, nació Martina. Su madre se dedicó a cuidarla y también a enseñar la doctrina cristiana a los niños del lugar, pero falleció al poco tiempo, en 1814. Juan nunca pudo recuperarse de esta pérdida, y cuentan que solía visitar con frecuencia el lugar donde la conoció.

Martina crecerá y formará su carácter en aquella vida semi-salvaje de las Lagunas: sin restricciones ni límites que detuvieran su ímpetu, mostró desde temprana edad su carácter rebelde y varonil. Se dice que solía tener “a raya a todos los muchachos del pueblo” con sus pechadas. Le gustaba galopar en los arenales sobre los burros y bañarse en las Lagunas —demostró luego ser una gran nadadora—. Sus correrías, sin embargo, alarmaron a los pobladores y su padre decidió enviarla a la ciudad de San Juan, a la casa de Doña Clara Sánchez, quien la educaría a cambio de sus servicios. A Martina —y a su espíritu libre— le costó adaptarse a esa nueva vida de encierro, pero la aceptó. Al principio recibía las vistas de su padre, pero un día, sin previo aviso, dejó de acudir a la casa. Fueron cinco años de incertidumbre en los que Martina buscó la manera de saber algo de su padre, pero ni siquiera los laguneros que iban a la ciudad sabían qué había sido de él: se cree que murió envenenado por una yerba que solía masticar. Años más tarde, se encontraron restos humanos cerca del árbol en el que Juan había hallado a Teodora…

Martina se convenció entonces de que estaba sola en la vida. Al no estar su padre, su vida en la ciudad ya no tenía sentido, por lo que, añorando los viajes y las aventuras a campo abierto, planeó escaparse. Sin embargo, algo modificó sus planes: la Sra. Sánchez tenía por entonces a su servicio a un peón rural llamado Cruz Cuero, de aspecto indígena, delgado, pero de “robustos puños”. Recaían sobre él denuncias por robo, pero su presencia era útil para la Sra. porque ahuyentaba a otros ladrones y era temido por la peonada. La varonil figura de este hombre audaz y con marcas de viruela en su rostro enamoró a Martina… y comenzaron a verse.

Un día, luego de haber apuñalado a un peón, Cuero convenció a la muchacha para  que se fugara con él… y así lo hicieron. Se marcharon a media noche y se dirigieron al campo de los Papagayos, un lugar considerablemente alejado de la ciudad. El plan de Cuero era formar una banda de salteadores que atacaría y desvalijaría a viajeros y arrieros incautos, plan del que Martina no estaba enterada y del que renegó al descubrirlo. No estaba de acuerdo con la idea —su estirpe era honrada—, pero la fascinación que ejercía Cuero sobre ella y su presencia en ese campo la arrastraron a un mundo de forajidos en el que tuvo que vestirse como hombre, manejar armas y dagas —con gran destreza, por cierto— y vivir siempre en la clandestinidad… Así fueron acentuándose su costado masculino —que su estancia en la casa de la Sra. Sánchez había amenizado, pero que seguía allí porque era parte de ella— y su rudeza.

La banda de Cuero había planeado asaltar a un joven extranjero de 22 años que viajaba hacia San Juan junto a dos peones llevando valiosas joyas. Cuero envió a tres de sus hombres —Chavo, Tartamudo y Jetudo— a cumplir con la misión; regresaron victoriosos, con el botín y con el muchacho, a quien hicieron cautivo. Al ver a este joven rubio y de ojos claros maltratado por los bandidos, Martina sintió lástima por él y repugnancia por sus compañeros. Cuero descubrió cómo miraba Martina al prisionero y decidió atarlo a un árbol y dejarlo a la intemperie, expuesto al frío y a la lluvia. Durante la celebración por el éxito del atraco, Martina no quiso beber con los demás: se negó a hacerlo a menos que le perdonaran la vida al cautivo. Pero esto solo acentuó el carácter violento de Cuero, quien ordenó balearlo. Martina consiguió quitarle el arma a uno de los secuaces de Cuero, pero este la golpeó con el cabo de su rebenque y ella cayó al suelo, donde el ladrón la azotó hasta el desmayo. Al recuperar el conocimiento, descubrió que el sanguinario Cuero le había disparado al muchacho en la cabeza. Fue en ese momento que Martina juró con todas sus fuerzas vengarse de aquel malvado hombre que la había hecho caer en la bajeza del mundo de los forajidos; allí decidió cambiar su vida.     

Debió seguir a la banda de delincuentes durante un tiempo y así fue como llegó  hasta la región de Caucete, San Juan, donde estaba gran parte de las haciendas de la provincia. Martina despreciaba a Cuero cada día más e intentaba no participar en los robos de la banda, que ya había despertado la preocupación de los pobladores. Corría el año 1830 y San Juan era todavía un lugar rudimentario, gobernado por el coronel Gregorio Quiroga. El propio gobernador llegó a estar al frente de la expedición que buscaba capturar a la banda de Cuero. Finalmente, lograron sorprenderlos, pero Cuero y algunos de sus hombres lograron escapar. Martina, en cambio, se entregó a las autoridades: era la oportunidad que había estado buscando durante tanto tiempo.

Patricia Ortiz
Corrección: Ailen Hernández 
Ilustración: Gentileza de Cristian Mallea 



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