Los pioneros y forjadores de la Museología dialogaron en el Museo del Libro

Los pioneros y forjadores de la Museología dialogaron en el Museo del Libro

Los pioneros de la Museología en nuestro país comenzaron el ciclo de diálogos académicos y evocativos. En este espacio participarán docentes, ex docentes y especialistas de la Escuela Nacional de Museología, la cual, a través de la Cátedra Seminario de Patrimonio Monumental, evoca y deja el testimonio de los que recorrieron el camino de la museología. El 26 de junio de 2013 tuvo lugar el primer encuentro con la licenciada Susana Speroni, docente y ex directiva fundadora de la Escuela Nacional de Museología, quien contó vivencias, anécdotas y brindó sus conocimientos a un público que la reconoce, quiere y disfruta de sus magistrales clases.
La licenciada Tatiana Depetris presentó la charla de esta manera: “Señoras y señores, les damos la bienvenida a este ciclo de diálogos con los forjadores de la Museología argentina contemporánea. Este ciclo de diálogos está conducido por el titular del Seminario de Patrimonio Monumental y ex regente de la ENaM, doctor Oscar A. De Masi.
La licenciada Susana Speroni y el doctor Oscar A. De Masi, ubicados en el centro del salón, iniciaron una conversación que nos llevó a conocer aspectos muy particulares de las vivencias de la Decana del Cuerpo Docente de la Escuela Nacional de Museología. Ha acompañado a la Escuela desde su nacimiento; fue regente de la ENaM y llevó a cabo las iniciativas propiciadas por la Secretaría de Cultura de la Nación.

Luz, cámara… ¡acción!

—El Auditorio del Museo del Libro nos permite comenzar a grabar el “Ciclo de diálogos con los pioneros y forjadores de la Museología”. Cuando pensamos y evocamos el nombre de los forjadores argentinos, pensamos en Ángel Carranza, Enrique Udaondo, Alejo González Garaño y Ricardo Levene, entre otros; pero no traemos a la memoria la figura de personas que están, son contemporáneas y esperamos que nos acompañen muchos años más. El testimonio de la moderna museología argentina continúa al legado de esos hombres. Es importante que la Escuela Nacional de Museología, que este año celebró sus 40 años, comience a actuar como reserva de memoria; ¡nosotros debemos capturar esa memoria! El lema de estos encuentros es construirla para fortalecer nuestra identidad. Por medio del diálogo, ese hallazgo dialéctico de los griegos, que va y viene y nos facilita buscar la palabra, tal como Platón los escribía, buscaremos los atisbos de la verdad no categórica, sino parcial. El diálogo favorece esta reunión amena que nos aproxima a esta verdad… ¡y la suma es esta!
—Me siento complacida y comprometida. Si miro atrás, veo a una joven con muchas inquietudes. Han pasado 41 años y aún me encuentro con fuerzas para continuar en esta senda. El relato de mi paso por la Museología se refiere al modo en que elegí vivir; vivir es una aventura, y es lo que he hecho.

—Quisiera pedirte que esta evocación comience con el origen de esa aventura.
—Mis padres me bautizaron al cumplir un año en la Basílica de Luján. Fue exactamente el 5 de diciembre de 1940. No sabía que iba a volver a ese museo emblemático, conocido y desconocido a la vez. Recuerdo esa frase famosa: “Hay que llevar todo lo viejo al museo”.

—¿A quién evocamos cuando hablamos de Luján?
—A don Enrique Udaondo. Mi padre; don Carlos Speroni, era escribano y amaba la historia ciudadana que se relacionaba con su trabajo. Nos llevaba a pasear y nos contaba la historia de las calles. Cursé mis estudios primarios y secundarios sin conocer a esos abuelos que hablaran de mis notas; tenía 10 en historia y muy buen promedio. Se esperaba que siguiera la carrera de Derecho, pero no fue así. Tuve que confesar que había visto algo que me fascinó. Era una pequeña columna publicada en el diario La Nación que detallaba la apertura de una carrera de Técnico en Museología, a la que le seguía una Licenciatura en Museología.

Así, el destino me llevó a la Universidad del Salvador y a la Universidad del Museo Social, nacida en 1913. Raúl Silva Montaner iba a instalar esta novedad porque había traído ideas al visitar la Escuela Nacional de Museología que dependía del Ministerio de Educación de Río de Janeiro que Gustavo Barroso creó en 1946; su manual es una verdadera joya, ya que habla de la historia a través de los objetos. Comencé a leer sobre heráldica, historia de la navegación, historia de los carruajes; conocí a mis amigos griegos; ellos no usan el calendario gregoriano sino el juliano, que es lunar. Todo eso estaba en los libros. Me di cuenta de que iba a aprender cosas tales como la historia de las religiones. En mis visitas al Museo Histórico Nacional, yo soñaba; tenía una historia formal política y militar armada a través de los objetos.

—¿Qué otros lugares visitabas?
—Museos y cementerios, dos lugares con reserva y memoria.

—¿Dónde transcurrió tu infancia?
—En el barrio de Villa Luro, aunque nací en Balvanera, en Chile 2260. Luego me mudé a Chile 832, donde está el Museo del Traje. Tengo esas asociaciones en mis recuerdos.

—¿Qué museos visitabas?
—El Museo de Bellas Artes y el Museo de Arte Decorativo. Conseguí un catálogo que me gustaría mostrar a los alumnos. Era un libro que me llenaba de orgullo por las personas que lo habían hecho; tenía la descripción detallada de las “cosas”; quiénes fueron sus autores, cómo estaban hechas. En las cátedras de investigación las usaba para unir un objeto con las palabras. Debemos recordar que en esa época las cámaras no eran las que se usan en la actualidad. Encontré la carrera que estaba en formación. Cursé seis años mientras veía que los compañeros me abandonaban… ¡yo quería recibirme! Es que la carrera estaba encuadrada en una universidad privada y había que esperar su implementación. Fue entonces cuando decidí ver como alumna al Secretario de Universidades Privadas. Tengo registrada a Elvira Rojas, la inspectora más grande de escuelas privadas, quien supervisaba los exámenes en el Museo Social. La carrera se dividía en dos; apareció la experimentación y, cuando me recibí, tenía la categoría para dar los títulos que se otorgaban en dos partes. Lo hacían para que quien no pudiese hacerlo terminara de alguna manera. Obtuve el título de Técnico Superior en Museología, y luego abracé la Licenciatura en Museología.

—¿Como fueron esos años?
—Chispa Bernard era hijo nieto de escribanos y abogados; en 1950 escribió su primer libro de Museología Histórica, editorial Anaconda, con tapa de cartulina blanca y celeste con títulos en rojo. Era un libro que tenía un papel amarillento, se pegaban las hojas y había que sacarlas… ¡lo estoy viendo… ¡lo estoy oliendo!
Recuerdo al señor Gerardi en las lides históricas, que contribuía a una visión nueva de la historia americana; Alberto Robeda conocía la historia cultural de Argentina; el profesor Benito, secretario de la Facultad de Filosofía y Letras y una eminencia de la Antropología y la Etnografía. No nos podíamos recibir porque nos faltaban profesores y nadie se ocupaba en llamarlos. Nuevamente decidí buscar a alguno para que diera la clase en el Museo Social.

—¿Cuál era la dificultad?
—Esta carrera tiene materias específicas y es muy difícil tener gente adecuada porque el Ministerio Público pide los títulos. Si la gente de la Universidad de Buenos Aires hace más de 30 no hubiese estado decidida a promover la carrera de Diseño de Indumentaria y Diseño Textil, todavía la estaríamos esperando. A esa carrera la hicieron muchos arquitectos, y la óptica no se remite a la técnica de Armani o Pierre Cardin, quienes aprendieron en la trastienda de Venecia y Florencia como asistentes de sastrería; ellos no tienen título y son nombres con marca registrada, pero aquí se pedía titulo.

Doctor Oscar Andrés De Masi
—Esto habla del enorme progreso que ha hecho la disciplina museológica con la credencialización. Quienes comenzaron este camino fueron organizadores de museos argentinos; venían del arte o del coleccionismo, pero la creación de la carrera específica es tardía en relación con la del Museo creado en 1960. El progreso que ha hecho en cuanto a tener estudios sistemáticos y la credencial que los habilita es una conquista. Mencionaste la impronta americanista que los profesores trasladaban en tus clases. ¿Cómo evalúas tu formación? ¿Hubo exceso de europeísmo, se introdujeron elementos americanos? ¿Hubo suficiente americanismo?
—Veníamos influenciados por escuelas europeas; a partir de 1937 con el II Congreso de Historia Americana, que presidió Ricardo Levene. En esa época tuve a Américo Francisco Villalba; podíamos musear a nuestros héroes de la guerra. ¿Saben que al aprender las actuaciones de Juan Agustín García, a pesar de sus libros y pactos de guerra con Brasil, aprendimos cómo era Pascual Pringles? Su historia me sirvió para aplicarla en el Museo Histórico Nacional, como también otros generales que estuvieron en la Campaña al Desierto.
Yo había palpado los hechos humanos a través de los objetos y la Guerra del Paraguay a través de la iconografía. El general Juan Ángel Golfarini llevaba instrumentos médicos; de esta manera podía distinguir el escudo, la formación de regimientos argentinos, reconocía fusiles, armas, sabía cosas. Cuando fui al Museo Histórico Nacional y comentaba acerca de estos temas, el señor Gancedo se impresionaba.

—¿Quiénes de tus compañeros permanecen en el recuerdo?
—Mónica Garrido, quien fue miembro del Consejo Internacional de Museos (ICOM) en 1998. ¿Cómo no voy a recordarla? Recuerdo a su familia, su museo, la escultura de una de las dinastías chinas que estaba en el escritorio. Su padre era escribano mayor de gobierno y guardaba sus lapiceras. Era maravilloso estudiar en el jardín de la casa.

—¿Realizabas prácticas en museos en la época de estudios?
—No. Lo hacía siempre por mi cuenta. Visitaba galerías de arte; tenía una compañera que luego se hizo marchand y conocía bastante. El Museo de Bellas Artes era un lugar especial para mí. Han pasado 40 años y era muy distinta la forma en que nos comportábamos frente a referentes de esta institución.

—Al momento de recibirte de Licenciada en Museología, ¿ya trabajabas en el Museo de Luján?
—Fue en 1966. En ese momento, Juan Manuel Bejarano buscaba museólogos para enviar al museo más grande que existía en ese momento en Luján. Por este motivo recorrieron la Universidad del Museo Social Argentino. Piensen que el teléfono tenía manivela. Yo llegaba en la Lujanera, que pasaba por Avenida Rivadavia, por Albariño, en la Plaza de los Andes. Me bajaba y caminaba en las mañanas; teníamos que hacer el mismo horario que el resto de los empleados y me adjudicaron de miércoles a viernes de 8 a 17.00. El museo tuvo una fuerte identidad local y era resistida toda persona que fuese ajena a Luján, porque se esperaba que el que llegara a desempeñarse debía amarlo. Creo que la museología es el arte de lo posible; para Platón, lo era la política: yo digo que la Museología lo es cada vez con más posibilidades en nosotros. En mi época, los recursos eran muy limitados y nuestra imaginación debía estar en movimiento.

—Ya que nos has hablado de Luján, quiero mostrarte una foto para que me comentes qué significó este señor en tu vida profesional. Es una muy buena foto tomada de la Galería de Retratos de la Escuela Nacional de Museología.
(Susana Speroni observa la foto del doctor Julio César Gancedo, promotor y fundador de la ENaM).
—Él era así. Tengo muchos recuerdos. La historia es así: en 1970, el doctor Gancedo tuvo la idea de armar un complejo de la música y del libro. Quería que el Museo Histórico Nacional estuviese unido al Museo del Cabildo y con lo que tenía en mente, que el Museo del Traje tuviese otra sede por su significado. Le preguntó al padre de Mónica Garrido si quería acompañarlo en su emprendimiento y si ella tenía alguna compañera interesada en formar parte del proyecto. Un día aparecimos en el Museo de la Presidencia de la Nación y, con el pasar de los años, llegué al Museo del Cabildo. “¿Gancedo te citó aquí?”, me preguntaron. “Porque suele no tener horario”.
Como una niña obediente, fui al jardín y esperé. Me dijeron que al bajar del auto lo siguiera. Así lo hice y logré dejarle mi nombre. Pasó un año desde ese momento hasta que un día de la última semana de diciembre de 1971 me enteré de que desde noviembre yo tenía un nombramiento. Desembarqué en el Museo Histórico Nacional sin entender al principio que el cargo me ubicaba en un lugar que era algo más que una “ordenanza”, pero cuando se tiene vocación se empieza de abajo.

—Los romanos hablaban del “cursum honorum” o progreso.
—Estoy de acuerdo. Hay que escalar de a poco. Me pregunté en ese momento qué podía hacer para ayudar en una época en la cual no daban abasto para enviar tarjetas navideñas. Comencé a ensobrar con mi mejor energía, cuando Gancedo me pidió que fuese a su despacho. Fue tan rápido todo que olvidé lápiz y papel y no se me ocurrió interrumpir su reunión de casi cinco horas, en la cual me comentaba su ambicioso plan para la Museología argentina.
En su oficina había retratos de los máximos exponentes de la Museología y no me moví de mi silla por considerarlo una falta de respeto. Salí mareada con mucha tarea para hacer y al llegar a casa escribí todo en un cuaderno. Tenía que acostumbrarme a lo que Gancedo quería para el día en curso y para el siguiente. Me pidió que leyera los diccionarios del lugar: tenía que dirigir las palabras que eran objeto. Yo leía y armaba. Contaba los tres minutos al margen de su programa de TV o una próxima exposición. Luego entraba y me demandaba: “Susana, ¿sabe qué significa «Subasta»?”. “Sí, es una palabra de origen romano que significa «por debajo del asta»”. ”¡Muy bien!”.
Recuerdo el día famoso de “las tres pelucas de la parroquia”. Mi jefe planeaba realizar una serie de historias con Inglaterra en las cuales participarían escritores ingleses tales como Sir Walter Scott, creador de Ivanhoe, y otros. Además estaba interesado en la “historia de la peluca” y necesitaba conocer cómo se conseguía, cuál era el origen, cómo se hacían, con qué materiales… ¡y tenía tres minutos! Pensé rápidamente y dije: “¿Por qué no cierra con la historia de las «Tres pelucas de la parroquia del libro del Anticuario de Walter Scott»?”.
La última frase del peluquero y gran protagonista de los sucesos históricos de ese momento decía: “… Y ahora tengo las tres pelucas de la parroquia para peinar”. Gancedo tomó nota y luego le pidió a su esposa que se fijara y lo dijo en el programa.

Licenciada Susana Speroni


—¿Lo dijo?

—Sí. Él tenía un gran señorío en la palabra hablada. No quería escribir. Hablaba.

—Así es, vinculaba la palabra con el objeto. Hablaba en la palpable historia donde la palabra es mandatoria y a la que relacionamos con la prescindencia o no del objeto en los museos. Respecto de este tema, me gustaría hacer un ejercicio. Te mostraré un objeto que tiene un valor evocativo y narrativo. Este objeto habla de muchas cosas. Es una llave vieja; por lo tanto, la casa también lo será, pero tiene un protocolo narrativo.
—La teoría de la Escuela Nacional de Museología se basaba en conservar, investigar y difundir. La palabra investigación involucraba a todos los objetos tangibles y originales, en mi época. El artículo Nro. 25 del Reglamento de los Museos de la Provincia dice: “Todo objeto que se expone debe ser auténtico”. Debíamos hacer la radiografía porque no contábamos con la herramienta fotográfica. En el Museo de las Hermanas de las Carmelitas, en Córdoba, me dieron unas llaves para que abriera unos armarios. Era la siesta y sabíamos que no se abrían hacía 20 años, porque la Hermana Clarita armaba los altares con las flores y así los dejo al morir. Fui con algunos compañeros, entre ellos, Rosa Iglesias; usé el llavero. Había un armario con jarrones isabelinos del piso al techo, policromados, muchos rotos, otros no, adornados con hojas, flores, con copias de la abundancia hechos en la misma porcelana; algunas cerámicas antiguas correspondían a las cerámicas españolas “Talavera de la Reina”. Empezamos a fichar para ver cómo armábamos esa casa.

—¿Cómo describes esta llave?
—Esta es una llave antigua, de hierro, y tiene trozos de pintura o del propio orín que da el hierro; hay que analizarlo. A este objeto se lo puede encontrar en diccionarios, para encontrar la palabra clave de la descripción. Esto es una llave que abre y cierra, quizá, un arcón. Entiendo que va en una cerradura que tiene bocallave, fitomorfa o no, y cuya parte superior se llama ojo. El astil tiene como adorno (cerca del ojo) dos argollas forjadas en el mismo material; al introducir el paletón en la cerradura, produce el movimiento para abrir la puerta. La palabra nos ayuda a recuperar la información.

—Este es otro objeto que perteneció a mi abuelo.
—Es un objeto utilitario. Es un abrochador de polainas. Estaba hecho en tela o charol; era de cuero beige o blanco. Con este objeto se tironeaba el botón para llevarlo sobre el botoncito; se los compraba en marfil o plata.

No es un abrochador cualquiera. Perteneció a mi abuelo Edmundo. Esto nos remite a los museos que reflejan la vida cotidiana. ¿Qué comentarios nos brindarías sobre el Museo del Traje?
—En el Museo del Traje empezamos por el valor de lo que decía la gente. Aceptábamos lo que nos comentaba cada uno que llegaba; luego hacíamos la investigación. Una vez nos trajeron un vestido de Mariquita Tellechea para pasar cotización y restaurarlo; tenía volados que estaban hechos con vestidos que el sacabocado había creado con los motivos para hacer el punto “bobé”.

—¿Cómo nació la inquietud por la investigación?
—Creo que nací con este don. Me nace. Fui investigadora antes de nacer. El valor que puede tener un objeto, además del que puede valer materialmente, es inmenso.

Patricia Ortiz



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