Lenguaje de señas; cultura en silencio

Lenguaje de señas; cultura en silencio

En el Instituto Villasoles se enseña el lenguaje de señas para sordos.

Liliana Mora es la directora del Instituto Villasoles. De joven trabajó como preceptora en una escuela de sordos donde se les prohibía el uso de la lengua de señas argentina (LSA) dentro del aula. Ella comenzó a conectarse con esta discapacidad y decidió investigar y generar material sobre la LSA para poder oficializarla y, de esta manera, lograr que fuese reconocida como la lengua propia del sordo. Alberto Elazar fue quien diseñó los primeros libros con las señas y es, junto con Mora, el cofundador del Instituto Villasoles, donde se imparte la carrera de intérprete y cursos sobre lengua de señas.

Hoy, a Villasoles asisten personas que quieren complementar su profesión para poder comunicarse con personas sordas (médicos, abogados, psicólogos, docentes, etc.) y también con quienes quieren trabajar y apoyar a los demás. Hay muchos curiosos que terminan por encantarse con el arte detrás de las señas. “Para los sordos es muy importante el comunicarse con los oyentes. Cuanta más gente venga a aprender, son más las chances que se les ofrecen. Es muy reconfortante encontrar a una persona oyente que se pueda comunicar”, explica Ignacio Pregrasso, secretario de la institución.

Éste es un tema importante, ya que es lo que lleva a muchos a estudiar LSA: encontrarse con un sordo y no poder entenderle genera mucha frustración en ambas partes y hace tomar real dimensión de las dificultades existentes. Algo así le pasó a Diego Villagarcía, que hoy enseña psicología en la carrera de intérprete en Villasoles: “Lo que me motivó a estudiar LSA fue que un día un profesor de acá, sordo, me saludó y me dijo: «Bueno, nos vemos el viernes», pero en señas”. Al no entender su mensaje, tuvo que reproducirle el gesto a un profesor oyente para que le explicara qué le había dicho. Cuando lo supo, le dio tanta bronca no haber podido contestar un saludo que luego decidió aprender.
La gente interesada en comunicarse con los sordos no es mucha. Villagarcía opina: “No podría decir que hay desinterés, porque vos no te podés interesar por lo que no conocés. Cuando Araceli González protagonizó una novela en la que hacía de sorda, ahí sí fue una moda. Pero genuinamente son pocos los que quieren hablar. No es alarmante, también son pocos los que estudian braille”. En esta línea de explicación, rescata los avances que como sociedad se han tenido para favorecer a las minorías que sufren discapacidades, en especial con los sordos: “La Ley de Medios obliga a que haya una cantidad de horas al día un intérprete en la pantalla, pero ¡adiviná a qué hora lo ponen…! No lo veo mal, pero en definitiva el sordo también consume y si no tiene claro qué están diciendo, no le importa. El intérprete está, aunque no en el tamaño ni en el horario adecuado, pero está y antes no existía”.
Esta entrevista siguió su curso hasta que de golpe todos callaron y comenzaron a hablar con una profesora sorda que entró en la secretaría. Lo hacían con señas mientras yo observaba sin comprender nada.

Así siguieron unos minutos hasta que combinaron la voz alta y las señas, aunque no estaban dirigidas a la profesora. La explicación fue que hablar sin señas con un sordo presente, aunque no esté participando de la conversación, es visto como una falta de respeto. Es equivalente a hablarle en el oído a alguien en medio de una reunión. De todos modos, no hay temor de que se enteren de algo que se quiera esconder: los sordos no tienen filtro a la hora de decir lo que ven; si te ven gordo, lo expresan, es lo normal.

“No está presente la hipocresía en la cultura oyente. Si ven algo lo dicen y está todo bien. Además son más perceptivos y si vos querés esconder que estás triste, con ellos no podés, se dan cuenta de todo. Es difícil, pero te tenés que acostumbrar”, cuenta Lucía Massera, alumna de la carrera de intérprete. Diego Villagarcía, que además es psicólogo, explica: “El sordo organiza su mundo en función de lo que ve y no de lo que escucha. Lo que ve (vos más gordo, más flaco, más arrugado) no tiene la carga de prejuicio que puede tener en los oyentes”.
La lengua hablada tiene una cuestión en función del tono, pero como aquí el tono lo pone la expresión de la cara, se ve distinto, es natural. Algunos, antes de decir algo así, lo anteceden con un “no te ofendas, pero…” o “fracamente…”. Villagarcía completa: “Tendríamos que preguntarle a un sordo por qué carecen de ese filtro, pero no lo van a entender porque no lo conocen”.
Leonardo Vandone da clases de lengua de señas. Para él, lo más complicado que tienen los oyentes a la hora de aprender es entender que es una lengua y no un lenguaje: “Lo difícil es comprender la falta de competencia, la incapacidad de trasladar del castellano hablado a la lengua de señas. Es igual que con el inglés: encontrás que hay cosas que no podés decir en una lengua o en otra”. El desafío está en salvar la incompetencia que tenés de una lengua a la otra.

Para estudiar lengua de señas, según Vandone, es fundamental ser competente en la lengua 1 para luego poder ser competente en la lengua 2. La LSA tiene su estructura gramatical y no es equivalente: hay muchísimas palabras del español que no tienen señas, como señas que no tienen una traducción fiel en el español. “Hoy, una chica en el noticiero dijo que iban a hablar de los fondos buitres, entonces yo me puse a ver lo que decía la intérprete. Literalmente, ella dijo que iban a hablar de que en el fondo hay pájaros negros. Vos tenés que hacer la seña de empresa extranjera, pero si vos no entendés qué son los fondos buitres, no podés trasladarlo a las señas”, continúa Vandone.
Ignacio Pregrasso asegura que uno de los objetivos de Villasoles es que los sordos puedan tener un intérprete en todos lados. “Desafortunadamente, la mayoría de las universidades no tienen intérpretes, por eso los sordos que quieran estudiar tienen que costearse uno”. A pesar de que no aprenden ahí, ya que lo hacen entre pares o en la escuela, el Instituto tiene servicios de socialización para sordos que los ayuda a integrarse.

Villasoles no sólo se dedica a enseñar: también prepara un grupo de expresión. Los alumnos del Instituto aprenden canciones y luego se presentan en festivales, actos escolares, etc. Eso también favorece el desarrollo de la expresión, que es fundamental en esta lengua, ya que, por ejemplo, “terrorismo” y “provocar” tienen la misma seña, la única diferencia está en la expresión de la cara y los brazos.

Villasoles, ubicado en Gurruchaga y Vera, en pleno Villa Crespo, es de las instituciones más importantes del país en cuestión de lengua de señas. De hecho, ellos son quienes signaron el Himno y lo mismo hicieron con Aprender a volar, de Patricia Sosa, que la cantante suele interpretar en ambos idiomas. Pese al valor cultural que tiene, cada vez recibe menos alumnos; tanto es así que la carrera de intérprete no se abrió este año por falta de alumnos. Ahí seguirá Villasoles, silenciosa, tratando de ayudar a aquellos que no los pueden oír.

Mariano Perusso



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