Juntar Rigel con Antares. Un cuento de Poldy Bird

Juntar Rigel con Antares. Un cuento de Poldy Bird

Después de que se ha ido para siempre, cuando sólo pueden traerlo a este mundo las palabras de los que lo conocieron en parte: amigos, compañeros, familiares, una busca al hombre en los estantes altos de las bibliotecas, en la guantera del auto, en el fondo de los cajones de la cómoda, del placard, del escritorio, en los cuatro bolsillos de la ropa que tenía en uso, en las manchas de sus pañuelos, en el polvo de las suelas de sus zapatos… En todas, una por una, las páginas de su agenda.


La agenda, un capítulo aparte.

Es como una ciudad secreta llena de gente, de paisajes, con anotaciones en las paredes, música, bocinazos, accidentes, algún recordatorio imprudente…

Me sobresalto cuando abro su agenda y leo mi nombre en cada fecha importante para nosotros: 1° de julio, 14 de agosto, 21 de setiembre, y no voy a decir por qué esos días eran tan absolutamente nuestros.

Y luego, los cuatro cumpleaños de sus hijos, el mío, el de su mamá, ¡el del día en que fue bautizado…!

Tengo un álbum desde su nacimiento hasta 2° grado, con su mechón de pelo y sus opiniones de la escuela escritas con su letrita de niño. Y un hipocampo disecado, que me dio antes de enfermarse, un abanico con angelitos, un libro con los nombres de las estrellas y las constelaciones… (Oh, los dos sobre el pasto, de cara al cielo, tomándonos examen en noches de luna nueva…, o allá, cerca del mar, en la terraza del sueño cumplido…).

¡Oh, los dos en la ruta nocturna escuchando durante cientos de kilómetros los casetes que me compraba para nuestras tres fechas secretas…!

No lo cansaba nunca ir desde aquí hasta el mar, hacia el sur, hacia el este, hacia el oeste, llenarme el bolso con caracoles y luego escoger los más bellos y, entre ellos, “el mejor” para sumarlo a los que habíamos puesto sobre el madero del hogar.

Una busca al hombre, entonces, entre ángeles, hipocampos, canciones, caracoles marinos y páginas antiguas.

Y él está allí.

Y está, también, en la tetera de plata 900 que le dio su tía Z. y que él depositó con amor y cuidado sobre la mesita de apoyo.

Y está en sus frascos de perfume, en la repisa del baño.

Y en el rosario de nácar de su abuelo, que colgó en el respaldo de la cama.

Y en sus cartas de letra desprolija.

Y en su voz, que lo mete en mis entrañas cada vez que oigo la cinta que me grabó para explicarme por qué, pese a muchas cosas negativas y a terribles errores, un hombre ama a una mujer y vuelve a ella, y los dos son una misma casa que alberga sensaciones y sentimientos que sólo ellos pueden entender, sentir, saber propios, imborrables, incorporados a sus células por un pase mágico de química.

Qué impresionante es oír su voz.

Recogerla del aire y saber que su voz está viva, intacta, vibrando, girando, en volviéndome. Inconfundible voz con su particular modulación de las palabras, su respiración, su modo de decir las cosas…

Cuando lo extraño mucho me encierro en el cuarto, bajo la persiana y, completamente a oscuras, pongo su mensaje.

No me importa que digan que no lo dejo partir, que lo retengo.

Y… sí… lo retengo.

¿Hay algo de malo en aferrar al hombre que se ama, al que me llevaba a las cuatro de la madrugada a tomar un café en Paraná y Corrientes, o a las cinco a comer tallarines con pesto y tuco a Pipo, a besarnos en un banco de la plaza Vicente López o de la costanera de Piriápolis, y a las tres de la madrugada me convidaba a sentarnos sobre la arena de Playa Mansa inventando soluciones para salvar al mundo?

Y qué si lo retengo.

Nunca he planeado nada. Ni conocerlo ni enamorarme ni enamorarlo.

Y ahora tampoco planeo retenerlo.

Es él que llega, apoya, como antes, su cabeza en mi vientre y se duerme conmigo.

Es él que se asoma a mi vida desesperado por estar aquí, un poco de este lado, y me insta a seguir adelante cuando musito: “Bueno, ya no doy más. Aquí me detengo. Ya no lucharé”.

Él me murmura: “No, vos no podes aflojar. Siempre dijiste que Dios te dio un don y te va a pedir cuenta de él. ¿Qué le vas a contestar cuando te pregunte?: ‘¿qué hiciste con el don que te di?’”

Y… ¿qué le voy a contestar? Que, pese a todo, he usado mi don, en tiempos de paz, en momentos de pesar, o de alegría, o de dolor, entre la gente, y en la más insoportable soledad… mi don de trasvasar mis sentimientos al papel sin traicionarlos.

Pero es difícil, muy difícil todo.

Saber que su perfume me marea cuando vierto unas gotas en la almohada; que su voz desafía las distancias y el tiempo cada vez que la reproduzco: esa ráfaga de vida que me queda de él, que fue mi vida; ese aire caliente que recorrió su interior y que sacó de dentro su sonido entreverado con los latidos de su corazón y con los círculos concéntricos de su pensamiento.
Lo necesito, gritan por él mis huesos, claman por él mis tripas, mi taquicardia lo convoca.

No me resigno.

Peor que estar desesperado… es acostumbrarse…

Y no me acostumbraré.

Estaré como loca tratando de juntar Rigel con Antares, aunque los mapas del cielo muestren que eso es imposible.

Y estaré como loca oyéndolo llegar en la oscuridad, para dormir como antes, como siempre, como durante dos mil doscientas cincuenta y tres noches, con Betelgueize y Sirius brillando u ocultas por nubes.

Autora: Poldy Bird



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