Árboles Históricos Nacionales, testigos privilegiados de nuestra atesorada identidad

Árboles Históricos Nacionales, testigos privilegiados de nuestra atesorada identidad

El doctor Oscar Andrés De Masi es el autor de Árboles Históricos Nacionales. En él, bucea acerca de cómo las diferentes declaratorias patrimoniales emitidas por la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y Bienes Históricos, ayudan al lector a reconocer y comprender buena parte de la historia y la geografía de la Argentina, intentando describir los caminos y procesos que se tuvieron que llevar a cabo hasta lograr que, muchos de los árboles históricos mencionados como bienes declarados, se transformaran en testigos silenciosos de los acontecimientos más destacados de nuestro país.  

En cada una de las páginas del libro, De Masi describe con gran maestría cómo los elegidos ejemplares naturales que se exponen se convirtieron en motivo de interés, estudio e investigación de científicos e historiadores. Los árboles históricos son valorados con cada palabra. Son mucho más que símbolos y representan un patrimonio y legado alcanzado por un vector cultural inherente a esa memoria narrativa e identitaria que atesora.

¿Cuál es la particularidad del árbol histórico declarado por la Comisión Nacional?

Un árbol histórico declarado es un bien patrimonial que, sin perder su condición de ser viviente, como parte de la naturaleza, viene a postularse como «testigo» de un determinado acontecimiento de relevancia histórica nacional. De modo que queda, a la vez, alcanzado por un vector cultural inherente a esa memoria narrativa e identitaria que atesora. En ese aspecto, luego de declarado, queda protegido como todo otro bien patrimonial en el marco de la ley 12665.

Algarrobo Purmamarca

¿Cómo nació la idea de investigar y escribir sobre nuestros árboles históricos?

Si bien luego de la época del Dr. Ricardo Levene —al frente de la Comisión Nacional de Monumentos— se siguieron declarando árboles históricos, no ocurría con la densidad de casos de aquel momento anterior. Me pareció un tema que debía (re)significarse como un modo de despertar conciencia ciudadana y estimular nuevas declaratorias. Además, existía el hermoso libro de don Enrique Udaondo ­—con varias ediciones agotadas— y mi trabajo vino a ser una manera de homenaje a aquel historiador que primero se ocupó del tema.

Es de hacer notar que la operación patrimonial concebida por Levene, Udaondo y los demás miembros de aquella mesa directiva fundadora de la Comisión Nacional de Monumentos incluía   —no solo la declaratoria—, sino la práctica de la plantación de retoños de ejemplares históricos, que comenzaron a multiplicarse en plazas, escuelas y clubes de todo el país. Previsiblemente, el pino de San Lorenzo fue el más requerido. Más todavía, Levene decidió dar el ejemplo en persona y, el 17 de agosto de 1941, en horas de la tarde, plantó en el patio del Cabildo —que era entonces un jardín— unos retoños de árboles relacionados con el Libertador: del pino de San Lorenzo, del nogal de Saldán y del Ombú de la Esperanza.

A semejanza de la tradición eclesiástica de distribuir reliquias ex ossibus (o sea, de los huesos) de santas, santos y mártires, el Estado hacía apropiación de la costumbre y venía a replicarla, aunque secularizada. Porque cada ejemplar, una vez arraigado, operaría como reliquia patriótica y lugar de culto a las glorias nacionales. De ahí que, muchas veces, las ceremonias cumplidas al pie de aquellos árboles se denominan “peregrinaciones”, un término de fácil connotación religiosa.

Higuera de Sarmiento

¿Qué historia nos cuenta de la Higuera de doña Paula de Albarracín, fiel testigo de la infancia del pequeño Domingo Faustino Sarmiento?

Es un árbol ligado a las memorias infantiles de Domingo Faustino Sarmiento, porque lo había plantado su madre en la casa sanjuanina. Como en un juego de círculos concéntricos identitarios, en su obra Recuerdos de Provinciapone el centro del relato en la matrona, doña Paula Albarracín, cuyo centro vital es la casa y cuyo centro físico (su omphalos, dirían los griegos) es la famosa higuera… No en vano la tala de esa planta enorme, perpetrada por las hermanas de Sarmiento, aparece como un episodio traumático, como un desgarramiento de las entrañas de la casa y de su dueña.

De alguna manera, el maestro sanjuanino se anticipó lúcidamente a investir a aquel simple árbol doméstico que tantas veces había visto de niño, con la historicidad que otros árboles habían ya adquirido en un contexto épico y fundacional, en las antípodas de la memoria intimista y provinciana. Sin dudas, el hecho de mistificar el arbolillo sanjuanino era funcional a la construcción anticipada de su propia glorificación: Sarmiento fue, en ese sentido, un exitoso publicista de  su perfil como prócer.

¿De qué manera se dan la mano la estética y la paisajística en Bs. As.?

En Buenos Aires, existieron fundadores del paisajismo en el espacio público, pero que también proyectaron hermosos jardines arbolados privados. Quizá el más conocido sea Charles Thays, que era francés. Pero antes ya había llegado con los colonos escoceses de Santa Catalina  el jardinero John Tweedy, quien diseñó el paisaje del segundo cementerio protestante y tenía, además, ¡un vivero  y una casa de té! Luego de Thays se destacó su sucesor en la Municipalidad, el ingeniero Benito Carrasco, un experto formidable, cuya quinta en Temperley era prácticamente un jardín botánico privado. No me quiero olvidar, antes de estos ejemplos, de la magnífica quinta de Lezama, quizá el mejor jardín «a la italiana» de su época y que hoy es el Parque Lezama.

¿Cuándo confluyen lo natural y lo cultural en las historias que acompañaron a los hombres de nuestra historia argentina?

El hecho histórico tiñe de memoria cultural al árbol declarado, pero como dije antes, no pierde su condición de bien de la naturaleza. En muchos casos, los protagonistas del acontecimiento han valorado el árbol como tal. Por ejemplo, cuando el perito Moreno se sentaba al pie de su aguaribay para escribir o cuando el presidente Nicolás Avellaneda eligió una magnolia para inaugurar y decorar el parque Tres de Febrero. O cuando el gobernador Juan Manuel de Rosas tomaba su descanso bajo un aromo de su chacra. Hay, en esos casos, una preferencia intencionada por tal o cual árbol. En otros casos, como el pino de San Lorenzo, quizá el azar determinó que fuera escenario del suceso histórico. Lo importante es señalar que el árbol declarado sigue siendo un árbol y debe ser atendido con los cuidados sanitarios que provee la ciencia forestal.

Peregrinación al manzano de San Martín

¿Qué árbol debería (a su criterio) ser declarado histórico-patrimonial?

El Aromo del Perdón donde Manuelita Rosas imploraba a su padre el perdón para los reos. ¿Por qué no está declarado? Es un anacronismo. En consistencia con los mandatos de la historiografía liberal de cepa mitrista, antes quedaba vedado cualquier género de reconocimiento oficial a sitios o bienes ligados a la figura de Juan Manuel de Rosas, adjetivado aún como “el tirano sangriento” o “el monstruo que vomitó el infierno”, según la vieja retórica unitaria. De ello se derivó la omisión, en aquel primer grupo de declaratorias de la época de Levene, de uno de los árboles más entrañables, quizá, alcanzado por el interdicto fulminante contra todo símbolo punzó. Hoy existe en el lugar (cerca del monumento a Sarmiento, obra de Auguste Rodin) un reemplazo del árbol original, pues, en febrero de 1899, cuando el intendente Bullrich mandó a demoler el caserón de don Juan Manuel de Rosas, la avidez del público presente por llevarse algún gajo como souvenir causó la devastación del pobre árbol, sumado a la detonación de la dinamita que hizo explotar los muros, provocando daños adicionales.

Patricia Ortiz
Corrección: Beatriz Rodríguez  
Crédito fotográfico:  Daniel Forte  

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