SIDA, crecimiento y mortandad

SIDA, crecimiento y mortandad

El doctor en Medicina Horacio Castagneto se refirió a la enfermedad del siglo: el SIDA. Reflexionó acerca del hombre, que produjo, de una u otra manera, a través de los años numerosos tipos de desastres: huracanes, sequías, hambrunas, pestes, terremotos, inundaciones, pero lejos estaba de pensar que en la década del 80 se iniciaría la más extensa pandemia del planeta y la catástrofe sanitaria de todos los tiempos: la peste rosa.

SIDA

“El SIDA comenzó en la ciudad de San Francisco, en EE. UU., hace 30 años, en un cálido y apacible otoño de 1981. En esa época se reportaron a grupos de jóvenes de entre 35 y 25 años que enfermaban gravemente, con síntomas que los deterioraban y producían su muerte. Los médicos constataban que se morían, y el deterioro físico se producía en el corto tiempo. Era todo un interrogante para los médicos, que se enfrentaban con patologías desconocidas como infecciones respiratorias, neumonías producidas por el germen del neumococo, que es una bacteria que puede encontrarse en la garganta o las vías respiratorias de los seres humanos”, dijo el especialista.

El doctor Castagneto hizo hincapié en la importancia de diferenciar la neumonía de la terapia intensiva en la cual los gérmenes no son los conocidos y la mortalidad es elevada en el caso de las personas añosas, con infecciones graves que se encuentran en una comunidad hospitalaria donde el germen, su tratamiento y pronóstico es distinto que en el caso del SIDA. Se trataba del Pneumocystis carinii, microorganismo causante de una enfermedad desconocida y difícil de tratar por desconocer su contagio.

“Los enfermos tenían infecciones y cánceres en la piel: sarcomas. Estas comunidades se movían por infecciones respiratorias graves, todos ellos tenían algo en común: eran homosexuales, hemofílicos y usaban drogas por vía intravenosa. En poco tiempo, la pandemia fue explosiva y se diseminó por el mundo, sin control. Las últimas estadísticas estiman que hay alrededor de 40 millones de infectados, de los cuales fallecieron 18 millones. La pandemia sigue creciendo y lejos está de ser controlada. El epicentro está en el África, donde radica el 70% de los casos y más de 2 millones de personas mueren entre los 25 y 35 años”, confirmó el doctor Castagneto.

¿Qué ocurre en la Argentina? Nuestro país registra la cifra de 120.000 infectados y un subregistro que no es informado. El facultativo detalló que se distribuye en el conurbano bonaerense cerca del 38%, el 32% en Rosario, el 7% en Córdoba, el 4% en el centro del país.
El nacimiento de la enfermedad
En 1982, un virus comenzó a transmitir la fatal enfermedad en San Francisco. Dos años después, en 1984, Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi, del Instituto Pasteur de París, aislaron el virus, bautizado en 1986 como virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Al año siguiente, el investigador estadounidense Roberto Gallo publicó, junto con su equipo, cuatro trabajos científicos en la revista norteamericana Science. Afirmaba que el HTLV-III era  un retrovirus descubierto por ellos y muy similar al LAV, que había sido identificado en 1983 en pacientes que padecían SIDA por Luc Montagnier y sus colaboradores. La controversia comenzó entre dos científicos de primera línea.

“De esta manera comenzaron los celos y vanidades. Hay afirmaciones que hablan que el profesor Gallo habló con el doctor Montagnier y ambos comparten la patente legal del medicamento. Es un virus que pertenece a la familia de los lentivirus, de crecimiento lento. El SIDA es una enfermedad que no mata inmediatamente. No se muere de SIDA, sino por enfermedades emergentes que se producen. Cuando el cuerpo es atacado, se expone a la tuberculosis, hongos, neumonías”, aclaró.

Este virus tiene una estructura rudimentaria, a diferencia de las bacterias que tienen dos ácidos nucleicos: el ARN y el ADN, característica principal de los retrovirus. Para que el virus pueda vivir, debe meterse en una célula y así aprovechar la síntesis de proteína, que no puede fabricar porque en la escala microbiológica posee una composición rudimentaria que no elabora sus propias proteínas; de esta manera, el virus se pega a la célula y la parasita. Ubicarlos en sangre es difícil porque está metido dentro de los glóbulos, los CDa, una variedad del linfocito.

De esta manera, el doctor en Medicina dilucidó un aspecto en el trabajo de los microbiólogos e infectólogos que evalúan cuántos linfocitos tiene un enfermo y qué población viral tiene. Si es elevada con bajos linfocitos, el pronóstico es letal; si estos están bien y los virus son escasos, tiene probabilidades.

La gran lucha sobreviene cuando la carga viral resulta indetectable. ¿Está curado? ¿Hay que tratar o dejar al paciente?

“Los congresos actuales dicen que hay que tratarlo porque, si bien el virus no está en sangre, está acantonado en los ganglios; es importante haber destruido la carga. Estos pacientes toman durante el día alrededor de 24 cápsulas para combatir la enfermedad.  En la Argentina existe una ley nacional que otorga los remedios a los pacientes.  El virus es importante, pero más lo es el organismo al que va a parasitar”, agregó, al tiempo que destacó la situación de marginación, de miseria, de pobreza, el analfabetismo, la falta de agua potable y de higiene, que son escenarios muy propicios para el contagio de esta enfermedad.

Disertación brindada por el doctor en Medicina Horacio Castagneto en el Rotary Club de Palermo.

Patricia Ortiz    



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