Sevilla, la puerta de Andalucía

Sevilla, la puerta de Andalucía

En septiembre, Madrid estrena su otoño. El aeropuerto de Barajas es una gran casa que abre y cierra sus puertas constantemente, dejando ver el cielo nublado y ventoso, espacio inmenso donde los aviones despliegan sus alas y conectan a turistas de todo el mundo que optan por quedarse en la ciudad. Otros, en cambio, eligen conocer otras provincias.

La puerta de la Comunidad Autónoma Andaluza se llama Sevilla, una provincia a la que se accede de una forma muy variada y eficiente y recibe a viajeros dispuestos a conocerla, abrazarla, para luego amarla.

Desde Atocha, el viaje en el tren de alta velocidad Ave-Renfe es silencioso y cómodo. Luego de dos horas, la Estación de Santa Justa acoge a los pasajeros que obtienen información en su oficina turística: “Sevilla es un destino donde diversas culturas se miran, se admiran, se sostienen y unen por la historia de los pueblos tarteso, ibero, árabe y cristiano. El puerto, de primera categoría, pertenece al río Guadalquivir; sobre sus aguas se navega y se mantiene el tráfico de mercancías y de cruceros turísticos”, dice la voz en un video institucional que muestra una tierra de incomparable belleza no solo en sus paisajes, sino en la calidez de su gente.

Catedral de Sevilla

Catedral de Sevilla

Si de hotelería se trata, en Sevilla hay para elegir entre hoteles céntricos, familiares, con encanto, de negocios, tradicionales o lujosos, pero siempre ideales para armar unas vacaciones inolvidables. Están magníficamente situados para llegar al centro y a cualquier sitio de la ciudad cuya historia se describe como la de una Sevilla romana –Hispalis–, que diera tres emperadores al Imperio, o como la Sevilla árabe –Isbiliya–, que legó ese maravilloso Alcázar, prodigio de la arquitectura morisca. Es también la Sevilla cristiana, convertida en Puerto de Indias y principal nudo de comunicación con el Nuevo Mundo. Conviven en esta comarca el sol, la naturaleza, el deporte, la poesía, el flamenco y la gastronomía. A cada paso, el embrujo de su arquitectura aparece con firmeza. Las mañanas son para darse un paseo por la hermosa judería, el barrio de Santa Cruz, de estrechas calles encaladas con patios repletos de macetas llenas de claveles, geranios y gitanillas que vemos en las postales.

Otra posibilidad es recorrer el casco histórico, uno de los mayores del mundo, y deleitarse con la contemplación de esa torre de la Giralda, hoy campanario de la catedral y antes minarete para llamar a la oración.

 

Glorieta de Gustavo A. Bécker

Glorieta de Gustavo A. Bécker

Aun en otoño, Sevilla es generosa. Su brisa suave, su sol tibio acompañan el sentimiento de pertenecer, aunque sea por un instante, a esa foto maravillosa enmarcada por calles bordeadas de naranjos que en primavera lanzan su perfume de azahar, cuyo aroma se mezcla con el del incienso que acompaña las procesiones de la Semana Santa.

A los sevillanos les encanta «pasear por el centro» y caminar por la calle Sierpes, por Tetuán, por La Campana, que es el corazón comercial de la ciudad.  Ir y venir por sus plazas, sentarse en una confitería y tomar un rico café con exquisitas tortas o realizar un paseo en coche tirado por un caballo, forma parte de la rutina. Los guías conducen y muestran con orgullo La Macarena, céntrica Parroquia de San Pedro, la Giralda, símbolo de la ciudad, son los únicos restos de la mezquita musulmana. A los maravillosos Reales Alcázares se entra por la Puerta de León, en la plaza del Triunfo, entre otros puntos.

Quien llega a Sevilla no resiste el placer de tapear. Desde las viejas tabernas del siglo xvi hasta los más modernos puntos de cita gastronómica, ofrecen una lista numerosa de tapas en las que se parte de la cocina tradicional para acabar en sofisticados y deliciosos platillos.

 

A orillas del Guadalquivir

A orillas del Guadalquivir

Por la noche, la calle Betis transmite esta cualidad sevillana: tapear en La Albar o en El Rinconcillo espinacas con garbanzos; jamón del bueno en Casa Román o en el Barrio de Santa Cruz. Muy cerca, subir a lo alto de las nuevas construcciones de la Plaza de la Encarnación, donde las vistas de toda la ciudad son espectaculares. Las fiestas flamencas se presentan en Anselma o en Lola de los Reyes.

Un paseo inolvidable lo da caminar a orillas del Guadalquivir cuando comienza la tarde.  A un lado, vemos el Paseo de Colón, en el que destaca la Plaza de Toros de La Maestranza y, al otro lado, cruzando el puente, hallamos a Triana, orgullosa de su arquitectura de hierro junto al cercano edificio del Barranco, en la orilla sevillana. La Capilla del Carmen, conocida como “El mechero”, es uno de los símbolos del barrio que lleva su nombre. Del otro lado, la calle Betis es el lugar donde se funden sevillanos y visitantes en sus bares y restaurantes, tomando un buen pescaito frito frente a esa Torre del Oro, antiguo faro natural del puerto en el que descargaban las naves provenientes de las Américas. Los cruceros dan cuenta en detalle de la majestuosidad del lugar.

Real Alcázar

Hay dos recorridos muy singulares: el de la Exposición Iberoamericana de 1929, vertebrado por la Avenida de las Palmeras, y en el que nos vamos a sorprender con la Plaza de América, la Plaza de España y el parque de María Luisa, uno de los más bellos de España, donde se encuentra la Glorieta de Gustavo A. Becker. También merece una visita el que fue recinto de la Exposición Universal de 1992, hoy convertido en espacio empresarial y universitario. En ambos casos, la ciudad se transformó y añadió motivos para convertirla en imperdible.

Sevilla no se acaba en la descripción de su cultura, sus actividades o sus paisajes. Quien conoce a un sevillano conoce su forma especial de convivencia, una buena comida, música flamenca, amigos y una copa por delante en animada y alegre charla.

Patricia Ortiz

Puente de Triana

Puente de Triana

 

 

 



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