Cora Michudis expone "Colores patagónicos" en Casa de Santa Cruz

Cora Michudis expone "Colores patagónicos" en Casa de Santa Cruz

Para la artista, una obra está terminada cuando el público la  ve.

Una hermosa obra es la de Cora Michudis. Llama la atención, o la intención de acercarse aún más, o de quedarse a contemplarla por un largo tiempo hasta que los sentidos incorporen todo el color y la pasión que ella le dedicó a cada uno de sus cuadros. Michudis destaca la combinación de rojos, anaranjados y amarillos. Una puesta de sol baña un campo y abre el día. Imagino un reloj cuyas horas van avanzando y al mismo tiempo un pincel va tomando de una paleta los claros, los oscuros, la sombra y la luz que aparecen o se esconden en una línea también imaginaria que conecta el pasado y el futuro. Al  ingresar en Casa de Santa Cruz «Colores Patagónicos» despliega su personalidad y su carácter. La artista santacruceña logra su objetivo.

—¿Cuántas obras se exponen en Casa de Santa Cruz?

—Fui invitada a exponer estos quince cuadros que forman mi obra, al cumplirse los cincuenta años de la fundación de la Casa de Santa Cruz.  Es un honor para mí que el señor Mario Metaza, su director, me haya convocado y estoy agradecida a la Dra. Patricia Alsua. Ambos me dan la oportunidad de mostrar mis obras, como así también brindan el espacio a otros artistas, demostrando de este modo el gran interés por difundir el arte santacruceño.

—¿Dónde se inspiró para realizar este trabajo?

—Nací en la provincia de Santa Cruz, donde el paisaje es muy colorido; siempre me inspira ese lugar. Luego vine a  Buenos Aires y me quedé en esta ciudad, pero siempre las imágenes están en mi memoria.

—¿De qué forma empieza a pintar sobre la tela?

—Es curioso; a veces tengo la tela en blanco y siento que me desafía. La miro y me pregunto: “¿Cuál será la forma? ¿Cuál será el color?”  Generalmente, uno va cambiando sobre la marcha lo que no le gusta.  Es un diálogo entre la tela y yo: ¡un gran desafío! Los colores marcan mi carácter alegre y se desplazan, pero cuando estoy triste o, como a cualquier ser humano, me ocurre algo negativo, prefiero no pintar.

—¿Cuánto tiempo le lleva terminar un cuadro?

—Pinto en tamaños grandes, pero generalmente lo termino en una semana.

—¿Cuánto hay de racional y cuánto de intuitivo?

—El tiempo y la experiencia hicieron que hoy haya mucha intuición, porque  lo que aprendí  ya está incorporado.  ¡El resto sale solo!

—¿Qué  le  ocurre hoy cuando ve una obra que pintó hace tiempo?

—Quizás la critico más y es muy posible que no me guste. Pinto desde muy pequeña, pero recién cuando vine a Buenos Aires decidí hacer la carrera en Bellas Artes, que fue lo más lindo que hice en mi vida… además de la familia que ya tenía formada.

—¿Cuál fue la obra que le dio más placer cuando estudiaba?

—En la escuela no se hacen obras de arte, son trabajos. Hubo  grabados, esculturas, pero a mí me apasionó la pintura; tiene otra dinámica.


—¿Prefiere pintar imágenes o paisajes?

—Paisajes. La figura humana es difícil. ¡Yo elegí el espacio y el lugar!

—¿Podría definir a un artista?

—Creo que se nace con algo: un don, una tendencia… Muchos lo descubren, otros no. Un artista es aquel que tiene la necesidad de sacar lo que tiene adentro y  expresarlo,  plasmarlo. Pienso que al artista le gusta que  miren su obra, aunque sea para criticarla, que no pase desapercibida. Para bien o para mal, ¡que la miren!

—¿En cada obra envía un mensaje?

—No lo sé. Pinto para sentir lo que estoy expresando. No controlo lo que recibe el público que, generalmente, la elogia por la fuerza, la pasión, o el trazo. Mi maestro, Carlos Cañás, me decía en mis comienzos, para que lograra soltarme, que tenía que pintar de una manera que aunque me costara mucho, pareciera que no me costaba!  Me quiso decir que fuese espontánea, que mis trazos salieran de mi parte visceral, que fluyeran…

—¿Le  gustaría enseñar?

—No. Me recibí cuando mi hija ya tenía dieciocho años y nunca más me detuve.

—¿Si alguien le pidiera un consejo?

—Diría lo mismo: espontaneidad y no tener miedo a salirse de la regla. Lo más importante es saltar vallas. ¡Probar! Que se sienta atrapado por su creación.

—¿Tiene que ver con la técnica?

—Sí. La técnica se aprende en la escuela.  No es tan fácil. Hay que aprenderla bien para luego echar alas.

—¿Cuál  ha sido su evolución como artista?

—Un actor, a lo mejor,  ve una obra de teatro y dice: “¿Cómo pude actuar así?”. Pero a pesar de eso, siempre tiene un estilo, una marca o sello que se mantiene a lo largo de los años y que no se olvida. Una vez, mi hermana me mostró un cuadro que yo había pintado siendo muy  pequeña y que ella guardó. Ya tenía ciertas audacias; era infantil, pero el rasgo del colorido me caracterizaba. El tiempo y el trabajo lo mejoran, pero el estilo se mantiene.  Cuando ven una obra mía, saben que es mía.

—¿Qué artista es de su preferencia?

—Sin duda, Van Gogh, por la audacia, el  paisaje y por la combinación de colores que lo caracterizaba. Se animó a hacer muchas cosas en su época. Y si hablamos de mis maestros, Carlos Cañas,  Miguel Dávila, Josefina Rovirosa.

—¿Cómo construye un dibujo?

—En Caballos Salvajes tomé la briosidad del animal que corre en el agua y la agita con desenfado. Le puse un color fuerte para que estuviera de acuerdo con lo que yo quería representar. Cuando me enfrento con la tela,  me detengo y comienzo a seducirla. La miro durante uno o dos días.  Necesito sentir  lo que voy a desarrollar. Es un juego en el que no sé si la tela toma de mí o yo tomo de ella los colores, los claros, las sombras: me tengo que hacer amiga. Tomo una carbonilla y comienza el desafío. Hay dibujos, pero otros no lo son; los hago a pincel.

—¿Cómo define  su obra?

—Es una comunión con el color y con el paisaje;  no tanto la forma porque, como ya dije, me interesa lo que expresan el color y los diferentes trazos. Mi obra es expresiva.

Patricia Ortiz



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